Paleta de colores

28 10 2010

Hasta que llegué a este país, mis días estaban delineados con lápiz de punta gruesa  y jamás usaba la goma de borrar. Las cosas eran blancas o negras, sin cabida para matices; y así,  las experiencias vividas no pasaban nunca por puntos medios. No tenía una gama de colores para ir cambiando los tonos. Los había, sin embargo, en mis criticadas paredes rosas (que luego pasaron a azul pitufo) o en cortinas moradas y colchas verdes, en los pañuelos de colorines para la cabeza o en las pulseras de mis muñecas. Quizás ya iba dándome pistas a mí misma para ir abriendo camino por el mundo de las tonalidades, pero aplicadas a la vida, al día a día, a dejar de jugar sólo con dos colores.

Sin embargo, en apenas siete meses, las cosas han cambiado mucho por estas latitudes. Fue cuando visité las cooperativas zapotecas que trabajan con tintes naturales, cuando me di cuenta que desde hace ya tiempo me deslizo por una nueva etapa. Nueva etapa en la que los colores han traspasado más allá de mis ojos. Es apasionante, me resulta más auténtico. Tal vez más complicado en ciertas ocasiones, pero es más, mucho más, realmente me merece la pena pasear por los espacios intermedios con pincel en mano. Así, la magia reside en que despierto con la oscuridad, salgo a la calle ya con colores pastel y puedo llegar a cambiarlos (mojando previamente el pincel) para pasar a una pintura abstracta, acabando probablemente el día con un lienzo surrealista.

Cuando se mira y toca el mundo con una escala de grises, con la paleta de colores en la mano, o cuando las zapotecas de Teotitlán del Valle hilan la lana 2 veces en lugar de una sola para que el hilo quede más fino, es cuando las cosas dejan de ser típicas, banales, del montón. Lo dejan de ser para dar paso a un punto medio, más rico, más auténtico, sin llegar a los extremos, puede ser que más duro, menos fácil, más arduo.

No hay blancos, pero tampoco hay negros, hay un sinfín de tonalidades y así merece mucho más la pena jugar a vivir en multicolor.

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Mi lindo Ecuador

28 07 2010

Ya empezaba a preocuparme el hecho de que no había tenido un momento para asentar ideas y recordar momentos y gentes. Pero ahora sonrío porque hoy ha sido la tarde que no había llegado todavía. Sé el porqué de este retraso inusual: vuelos eternos con llegadas tardías, ingreso en urgencias apenas pisar suelo mexicano, estrés envolvente, puesta al día y, finalmente, recuperación poco a poco de sueño, fuerzas y salud.

Muchas veces, por no decir siempre, he defendido a ultranza el dicho de  “segundas partes nunca fueron buenas”. Pero en esta ocasión me permití el lujo de omitir esta idea y, sin pensarlo, regresé a mi lindo Ecuador.

No había pasado ni un año, pero tampoco podía esperar mucho más para volver. Me dio tiempo para hacer de todo y, a la vez, no tuve días para hacer absolutamente nada. Pasando por boda ecuatoriana, celebré el triunfo de la Selección subida en un turibús de dos pisos en una Ciudad Patrimonio de la Humanidad en buena compañía y volví a Saraguro… Saraguro seguía igual que siempre, pero estaba tan cambiado!!

En apenas cinco días puede decirse que retomé la vida que tenía hace un año. Y desde el primer instante, las fuerzas del universo se alinearon para que sintiera que no me había ido y que allí seguía tras el paso del tiempo. Porque la visita a centros educativos de comunidades, el baile y los canelazos con los “panas”, los talleres y juegos con los enanos, la preparación de torrijas y las risas en la Fundación fueron el día a día. Mis días andinos perfectos.

Cuando las amigos te reciben con la más grande de las sonrisas y te abren la puerta de sus casas para compartir un rico almuerzo con arroz, mote y cuy, o para hacer unas tortillas al calor de la lumbre en una noche lluviosa, es cuando las ideas locas revolotean por tu mente sin parar.

Porque es cuando las preguntas te atacan de nuevo, cuando pensabas que se habían retirado para siempre después de hacerte compañía durante meses en Madrid… ¿Hice bien en irme?, ¿por qué no quedarme aquí si me siento tan feliz?, ¿cuán de real es esto? Esas dudas que volvieron a asaltar mis pensamientos sin dar un segundo de tregua. Dudas comentadas con los más queridos, con los que comparten y entienden realidades que a veces se confunden con sueños.

Por ahora, sigo en México, viviendo y disfrutando de otra realidad distinta y pensando que hay algunas segundas partes que acaban siendo incluso mejores que las primeras.

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Casita del Pelícano

12 05 2010

Tras un tranquilo día playero, salí de la casa rosa y naranja recién duchada, de nuevo hacia la playa. Con apenas dar dos pasos, ya me planté en la arena. Busqué un buen sitio para sentarme y devorar el libro que había empezado a leer por la mañana. El son de las olas no se daba tregua, más sosegado, pero sin pausa. Color en el cielo… cada vez más oscuro, más morado, menos rojo. Enterré mis pies en la arena, todavía seguía caliente.

En cuestión de minutos me quedé a oscuras, ya no distinguía las letras, todo acompañaba:  la noche se apoderó de Troncones y un manto de estrellas cada vez más denso se unió al horizonte; por eso estaba feliz, así que con una media sonrisa, entrecerré los ojos sentada frente a la orilla. Pasó un rato, no demasiado, no poco. Cuando los abrí de nuevo, me sobresalté. Lo había leído no hacía mucho, pero no esperaba tener la suerte de verlo nunca jamás. Con Luces de Neón en el océano… un azul eléctrico iba perfilando el recorrido de la olas hasta que morían.

Las “noctilucas” son algas microscópicas que en contacto con el oxígeno, provocan un destello de luz, actuando como un mecanismo de defensa frente a posibles depredadores. Donde más había era en la punta de la bahía, donde los pelícanos se posaban en las rocas a ver el atardecer. Un proceso químico, la magia de la “bioluminiscencia”. El espectáculo de luz y sonido más increíble que vivido, 100% natural.

Cerré los ojos de nuevo, y hundí los pies un poco más en la arena, cada vez hacía más fresco. Llegaste sin hacer ruido, te sentaste detrás de mí, cerca. Apoyé la cabeza en tu hombro y dije, “Te estaba esperando”. “Ya estoy aquí”- me contestaste.

Durante toda la noche estuve volando por aquí, por allí y más allá también.  Juntos los tres: tú, mi imaginación y yo. Con las olas mágicas azules de fondo, que se colaban por la mosquitera sin ninguna dificultad.

Bajé los escalones de madera. Salí de la casita rosa y naranja recién despierta. Con apenas dar dos pasos, ya me planté en la arena. Aún era muy pronto, así que la gran hamaca me invitó a dar un paseo (Aquí va un secreto… Cuando la balanceas y miras hacia arriba, ves la perfección con la que están alineadas las palmas y cómo se ordenan cada una de sus hojas. Los cocos se van poniendo de acuerdo entre ellos para tener cada uno su espacio vital. Más allá de las hojas, entre sus espacios, se deja entrever un cielo azul, azul claro… extraño aquí, ya que todos los colores son vívidos)

El sol apenas empezaba a saludar e iba tiñendo de dorado todo lo que tocaba. La hamaca seguía su ritmo. Los pelícanos ya se habían despertado también y con sus vuelos de reconocimiento, detectaban su presa, caída en picado y desayuno al buche.

Cesa el vaivén, saco el pie de la hamaca, me impulso. Sigo bailando al son lento de La Marea. La marea me dejó la piel cuarteada, la miel en los labios, las piernas enterradas.

Pero esta vez no apareciste.

Posada de los Raqueros, Casita del Pelícano: http://www.raqueros.com/es/

Luces de Neón: http://www.youtube.com/watch?v=I0Bc4suux70&translated=1

La Marea: http://www.youtube.com/watch?v=XBLfeobB-kk





Pie de la Cuesta: donde el sol se va a dormir

7 05 2010

“Se esperan máximas de hasta 34ºC este fin de semana en la Ciudad de México” , “Golpeará ola de calor la capital”, “DF inundado por el calor”… primera plana en todos los diarios mexicanos…

No íbamos a ser nosotras las que le diésemos la bienvenida al calor, así que el viernes partimos rumbo a Pie de la Cuesta, en el estado de Guerrero. Sabíamos que la noticia iba en serio, ya que el olor de asfalto caliente de nuevo nos acompañó hasta la Estación Central Camionera del Norte (de buses, vamos)  Dos horas de reloj para salir de una de las metrópolis más grandes del mundo…¡¡todo con calma amigos, que ya es fin de semana!!

A las 4 horas, stop técnico en Chilpancingo. Sí, donde antaño parábamos para comprar la botellita de agua de rigor, pero mejor si no bajábamos del coche para ir al baño y aguantábamos el tirón… ¡¡ayy qué familia!! Ahora la cosa es otra historia.

Pie de la Cuesta…

Llegada 01:20 de la madrugada, 7 horas de viaje.

Habitación: Rufino Tamayo.

Playa kilométrica: Sí.

Tranquilidad: Pues… también.

Atardeceres: de esos increíbles, y más aún con piña colada.

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